01.04.2012 · ¿Debí haberlo sabido? Nada es tan instructivo como la lectura de los
antiguos textos escolares. Fueron la primera
lectura obligatoria, y son los documentos más importantes del espíritu pedagógico
de la época.
Por Judith Schalansky
Tuve
mi primer trabajo de temporada de vacaciones en el verano de 1994. Mi tarea consistía en compilar, para el año siguiente,
los libros de texto de las catacumbas de una librería entre toneladas de
volúmenes vírgenes que serían repartidos en grandes contenedores azules y, ya
una vez en la escuela, el curso o la clase, tendrían que ordenarse.
Me
gustaba mi trabajo. Me gustaba la idea de que allí, cada libro que
había tenido en las manos, pronto lo
llevaría por el lugar algún o alguna estudiante de la ciudad a lo largo del año
escolar. Me gustaba que todos esos volúmenes nuevos y brillantes fueran, en el
plazo de un año, fuesen abiertos y leídos conjuntamente cuando se diese la orden. Que
todas las páginas fueran hojeadas, las lecciones y los temas aprendidos, el
vocabulario y las fórmulas utilizadas, los textos originales estudiados y los
poemas interpretados. Dentro de estos libros, algo había que debía allanar su
camino y concienciar a aquellos cerebros incipientes – si todo iba de acuerdo
el plan, según el programa.
Los
nuevos libros que allí yacían delante de mí,
en cierto modo, fueron los originales de las asignaturas. Más tarde, se
añadirían las copias: hojas de trabajo sueltas cuyos textos y gráficos de la encubierta
pátina fueron recubiertos de las repetitivas copias, descoloridas como por arte
de magia antes de su ilegibilidad. Estaba claro que no se tardaría mucho en
utilizar los ejemplares, quizás el primer día de clase después de unas largas
vacaciones, y ya debían entablar relación con su propietario, confrontarlo con informaciones, por las cuales él no había
preguntado.
Una idea de todo aquello, lo que
uno podía saber.
La gran pregunta era previsible y casi exagerada: ¿Cuándo, por amor de Dios, alguien necesitaría algo de eso? Es un error común pensar que la escuela prepara a uno para la vida, en la cual el conocimiento preempaquetado se enseña según la edad. En pequeñas dosis se servirá la droga a los niños como a pacientes a los cuales se les administra con el paso de los años, para que finalmente, ésta pueda ejercer su efecto. Aquí, cada fragmento de conocimiento individual, cada pedazo del mismo debe ser almacenado y conservado correctamente en alguna óptima circunvolución cerebral. Una vida larga recuperable.
La gran pregunta era previsible y casi exagerada: ¿Cuándo, por amor de Dios, alguien necesitaría algo de eso? Es un error común pensar que la escuela prepara a uno para la vida, en la cual el conocimiento preempaquetado se enseña según la edad. En pequeñas dosis se servirá la droga a los niños como a pacientes a los cuales se les administra con el paso de los años, para que finalmente, ésta pueda ejercer su efecto. Aquí, cada fragmento de conocimiento individual, cada pedazo del mismo debe ser almacenado y conservado correctamente en alguna óptima circunvolución cerebral. Una vida larga recuperable.
El hecho es que casi todo se olvida. Sólo queda el recuerdo.
Una mirada a los libros de texto le
hace a uno en incrédulo, sí, le desconcierta:
si todo esto lo debía haber aprendido. ¿Por
qué ya no lo recuerdo? Tal vez
porque la verdadera tarea de la
escuela es la de darnos una idea de
todo aquello que uno podría llegar a saber.
Así pasé el verano, tratando de apilar
en diferentes niveles los
tipos de clases de enseñanza y de lectura
de libros, los trabajos y las soluciones, los atlas y los trabajos
manuales, con la libreta de apuntes que los padres me
traían, ya fuese para comprar a sus hijos un libro determinado o sólo para tomarlo prestado. Los átlas casi siempre se compraban. Merecían la pena. Por
último, ocurrió algo. Un imperio cayó, desapareció un país.
Un estilo atractivo y problemático
El 23
de Noviembre de 1989 - leí en un antiguo cuadernillo de clase – ya habíamos tratado en alemán incluso “palabras con ch”. La profesora dictó: el ser
humano, los seres humanos, la gente trabajadora,
la gente educada, la gente buena.
Un par de semanas más tarde, a
principios de 1990, suprimió más páginas del
libro de lectura. No tratamos ni la infancia de Lenin ni el
vuelo de Gagarin alrededor de la tierra, sino que
nos aprendimos de memoria un poema acerca de la primavera,
incluso antes de que floreciera el
primer azafrán. De aquí en adelante, nuestro libro de
lectura dejó de estar actualizado.
Poco después nos dieron los nuevos
libros de texto, importados de la antigua Alemania Occidental. Mi libro de
historia vino de Renania del Norte-Westfalia, con el que poco podía hacer, por
ejemplo con los merovingios y carolingios, donde aparecieron una serie de
tribus germánicas a las que conquistaron y su imperio se extendió a los
Pirineos. De nuevo mi país limitaba al sur por los Alpes, poco tiempo antes formaba
parte de los Montes Metálicos.
Pero incluso si no se repasan los acontecimientos
históricos que requieren una constante revisión de los manuales escolares. ¿Qué conocimientos
y de qué tipo serán transmitidos en
ellos? Elaboradas redacciones que llegan a ser tan
grandes como las clases masificadas de las aulas,
que a veces dan lugar a los nombres kafkianos de las
instituciones. Los
libros que preparan a los estudiantes para los exámenes, son en realidad el
resultado de los procesos de admisión. No obstante, esto se sigue haciendo, como si su
conocimiento fuese prehistórico, intocable, alejado del presente y de la
autoría, lo que lo convierte en un estilo atractivo
y problemático.
Escrito por:
Escritora Judith Schalansky ("El cuello de la jirafa", Suhrkamp Verlag, Berlín, 2011) tipógrafa y diseñadora de libros. El texto se trata de una versión ligeramente sintetizada del discurso del "Libro del Año",
que tuvo lugar en la Feria del Libro de Leipzig.
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